Ayer amanecíamos con la triste noticia de un accidente ferroviario que ha costado muchas vidas y afectado a muchas familias, en un dolor que sólo ellos conocen y nosotros imaginamos. Y una vez más, la segunda, la gestión pública está directamente ligada al hecho.
En la primera ocasión, Adamuz, hice referencia a la importancia de las llamadas políticas de mantenimiento, sin las cuales opino no puede existir una buena gestión. La realidad es que estas políticas importan a los que administran como funcionarios no dependientes sino de carrera inamovibles y profesionales, por tanto. Su necesidad se puede deducir de las quejas de los que realmente son encargados de la eficacia de la gestión de las políticas públicas en activo y no obsoletas, que son muchas ya algunas incluso desde el período administrativo franquista.
Pero para el político lo que importa no es esto es aparentar una actividad, que se crea que se producen cambios, que aparezca en los medios de comunicación y produzca el efecto inmediato aunque nunca vaya a ser realidad. A la prensa tampoco le importa la noticia, la normalidad no lo es y la buena gestión tampoco o apenas. La reacción suele venir de la existencia de posibles beneficiarios de esa políticas fraude o para efectos electorales; que ante dicho fraude alzan la voz y entonces sí aparecen reacciones de prensa y de la oposición.
El error humano ha aparecido en esta ocasión como causa aunque no sea quizá la causa primera sino una consecuencia de la mala gestión global.
Iba a decir que nuestra Administración pública padece un Alzheimer pero en él se pierde la memoria de lo reciente y se retrocede a la vida muy pasada ya en años. Aquí es una especie de enfermedad de perdida de memoria más compleja, el presente suele ser, en la mayor parte de ocasiones falso o ineficaz y el pasado en el olvido y deteriorado que pasa también a la ineficacia por mala gestión y falta de recursos y de su adecuación a los cambios. Así en esta Administración puede haber departamentos angustiados por el trabajo y otros en los que se toca el violón. Nadie repara esto ni cumple la ley para que se administre adecuadamente.
No hay que olvidar que lo que interesa al político es la apariencia pues, en principio sólo tiene un período de cuatro años para gobernar o administrar y de estos tres se dedican a hacer campaña electoral. Así, pongamos, que queda sólo un año de gestión. Pero además con la Ley de Presupuestos y sus problemas, el político deja en manos de la Administración la gestión.
Pero hay que recordar cómo está nuestra Administración, la calidad de sus gobernantes, su moralidad u honradez, su conocimiento administrativo, su interés verdadero y como la han corrompido. Aumentada para colocar partidarios, amigos, nepotismo, incluso, hemos visto, "amantes".
La aparición exagerada de personas que no trabajan pero cobran dedicándose a servicios de partido o como regalo a Dios sabe qué prestaciones anteriores.
Se nos llenan los artículos legales, los jurídicos o administrativos dedicados al directivo "profesional" un cuento de la Ley del empleado público, que de otro lado doctrinalmente tiene diversas visiones, acercándose al de la empresa privada o relacionándolo como Baena y yo, de acuerdo con él como aquel que se aplica en valorar la viabilidad de una política pública nueva, o más allá en su formulación, formalización, dotaciones e instrumentos necesarios para su eficacia, organización necesaria, desde medios y personas y plazo para dicha eficacia y para su mantenimiento anual y a través de los presupuestos necesarios cada año para ello. Todo un mundo, dejado en manos de no se sabe quién. Esa es la causa, la gran causa, mi obsesión sobre la inexistencia de verdadera Administración que cada cuatro años puede dejar de lado las políticas anteriores, desaparecidos sus autores y gestores y creado nuevas con vueltas a otras anteriores y con personal nuevo. No insisto ya en mi otra obsesión o neura: la libre designación hasta niveles simplemente administrativos con vuelcos espectaculares pero inapreciables para los ciudadanos.
¡Qué panorama!