viernes, 4 de septiembre de 2009

NOTICIAS DE 1847 V. La ignorancia del oficio del empleado

El empleado, para ser útil y bueno, sobre los conocimientos de derecho público constitucional y político, y sobre los especiales del ramo que esté a su cargo, necesita saber el mecanismo de su oficio. Todos los empleos exigen, además de la parte científica en los negocios, un orden riguroso en la colocación de los papeles para no hallarse embrollados los que los desempeñan. No hay cosa más común que ver a hombres de buenos talentos, perdidos de confusión tan pronto como llegan a tener uno o dos armarios llenos de papeles. Consiste su aturdimiento en que no saben el oficio material del empleado, ignoran la manera de llevar el alta, baja y existencia de lo que entra, sale y subsiste en su poder: desconocen el orden y el modo con que han de hacer los asientos para seguir la historia de los asuntos y saber siempre su estado, con el fin de satisfacer en cualquier hora al Gobierno o a los interesados: no comprenden la manera con que los expedientes adquieren diversas formas, cuando se aumentan o se disminuyen, y cuando son llamados a producir su efecto en uno, dos o tres, o treinta extremos capitales o incidentes diversos en que deben jugar como parte relacionada con ellos: se asustan ante la idea de haber de tener presente en cada negocio su estado; a saber, cuando está pendiente, cuando está a informe, cuando se devuelve, cuando subsiste para instrucción en otras mesas u oficinas; cuando está al despacho de los jefes, cuando está en suspenso, resuelto, y evacuadas las resoluciones, cuando pasó a archivo, o cuando de este volvió a la mesa para nuevos trámites. Viven los que tienen conciencia siempre con el recelo de dejar postergados por el olvido, nacido del desorden de la mesa, os que más, quizás, necesitaban de su provisión y despacho. Y últimamente, son ajenos al método que recomienda la necesidad de tener índices tales que, sin faltar al orden cronológico de fechas, señalen a la vez el alfabético por apellidos, por pueblos, por provincias o naciones, por materias o por cualquier otra cosa, con el fin de que se encuentren pronto, siempre que se busquen, aunque sean antiguos, y aunque sea cualquiera el epígrafe conocido del que lo necesita, o la incógnita que le falta para dar positivas señales de su busca. La ignorancia del oficio de los empleados tiene en completo desorden la mayoría de nuestras oficinas; causa un daño incalculable a los derechos de la nación y a sus adelantos; entorpece los negocios de los particulares, y hace formar respecto del Gobierno la triste idea de que no sirve sino para vejar a todos los que acuden a él. Hablar circunstancialmente del desorden de nuestras oficinas sería nunca acabar. Sirva pues de tipo una sola, y por ella podrán deducirse las consecuencias de lo que sucede en las restantes. En lo antiguo tuvo una planta muy viciosa la primera Secretaría de Estado. El Ministro Martínez de la Rosa le dio otra en 20 de agosto de 1834, al principio de una nueva Administración, para hacer desaparecer la confusión de las administraciones anteriores tan viciadas y opuestas; y esta planta, que debía haber abrazado un crecido número de extremos importantísimos, sólo se redujo a nombramientos de empleados, sin orden y sin concierto: prueba clara de que aquel Ministro no sabía, no comprendía, ni acaso quería comprender su oficio de empleado. Le sucedió el Conde de Toreno, que, para enmendar los vicios de la de su antecesor, formó la otra planta de 10 de agosto de 1835, en la cual, si bien se entra más en materia, también se descubren más los malos conocimientos del oficio de empleado, que tenían los que la concibieron y redactaron. Después se han dado algunas otras, tan ineficaces como las anteriores; y últimamente, el Sr. Pacheco, Ministro actual, acaba de dar otra casi igual a la del Conde de Toreno. Por causa de la nulidad e insuficiencia de la planta antigua y de todas las modernas que carecen de Reglamento interior, a propósito para llevar los cuadros de noticias correlativas de los sucesos que son, han sido o pueden ser objeto de ese Ministerio, no hay en él noticia de las dependencias que están a su cargo, si no se rebusca con mucho trabajo por las diferentes salas, mesas, estantes y armarios, y aún así será muy difícil presentarla con exactitud, método y claridad. No se sabe de ningún modo las que ha tenido anteriormente, sus instituciones, fondos, recursos, bienes ni derechos; los empleados que sirven en ella, ni los que sirvieron en otro tiempo; los negociados que hubo ni los que hay; las modificaciones que sufrieron estos negociados; los oficiales que los tuvieron a su cargo ni los que los tienen al día; los empleados que deben rendir cuentas ni los que las han rendido; las cantidades a las que ascienden ni las a que deben ascender; el origen de estas cantidades ni su aplicación; sin han sido invertidas para atenciones del presupuesto del Estado o para atenciones de los presupuestos de otros Ministerios; si el presupuesto del Estado es deudor o acreedor a las asignaciones señaladas; ni de si es deudor o acreedor a los otros presupuesto; y en una palabra en materia de dependencias, instituciones, fondos y derechos de las mismas; negociados, empleados, cuentas y caudales, ni hay noticias exactas ni bases suficientes para que las haya en lo sucesivo. […]

Por carecer las oficinas, cada una en su clase de datos análogos a los ya referidos, no promueven por sí ninguna cuestión útil al país, ni cuidan de que se observe y cumpla lo favorable en las promovidas anteriormente: están solo a la defensiva de los ataques que les dirijan, y al examen, aprobación o resistencia de los proyectos que se les presente; y aún esto lo hacen mal, porque sin datos no es fácil hacerlo bien. Tres son las acciones que constituyen el objeto de los empleados de un buen gobierno; a saber: promover cosas útiles a la nación, conservar lo favorable de las ya promovidas, y resistir lo que tienda a contrariar lo uno o lo otro. Ninguna de las tres puede llenarse bien sin los medios suficientes, que son los datos; y aunque un gobierno, que no los tenga, se cuenten algunos casos en que se haya promovido, conservado o resistido útilmente alguna cosa, esto debe tenerse como una rara excepción de aquella regla. Así sucede, que los encargados en negociados, desprovistos de datos para llevar bien su acción, se concretan a ser unos meros relatores, dedicados exclusivamente a manifestar a sus jefes en extracto las gestiones y súplicas que se les presenten. ¡Triste y sensible cuadro en verdad! Pero aun todavía más triste, al ver que ni aún en esta parte, la más pequeña y trivial de su acción, no hay orden ni marcha conocida, por falta de buenos reglamentos que la determinen; toda vez que los expedientes andan en dos, en tres, y aún en treinta y más pedazos, recayendo muchas veces en un fragmento resolución contraria a la que se estampó en otro del mismo expediente, y retardando el éxito de los negocios de la Administración, y de los de reclamaciones particulares, hasta un extremo capaz de entibiar los más vehementes deseos de mejoras, y de acabar con la paciencia del hombre más flemático. Semejante desorden afecta extraordinariamente a la riqueza del país, contribuye a la disminución de sus productos y por consiguiente ocasiona la carestía. Diferentes veces hemos visto, y en estos días se ha verificado, crear títulos de Castilla y de Grandes de España con denominaciones iguales a las ya existentes: eso procede de que no se conoce el método mío de llevar registros cronológicos y alfabéticos a la vez. Si se llevara ese registro, al conceder cualquier gracia se colocaría bajo la letra o letras del título y de todas sus denominaciones, en un solo renglón y en la fecha de la concesión; y con esta pauta a la vista podría examinarse en pocos minutos, si tenía o no compañera. Por no saber concebir ese método y por no observarle, se dan al público esas señaladas muestras que indican el desorden de las oficinas. Y si esto es una cosa tan sencilla ¿qué habrá en los negocios complicados?


De Bona y Ureta, Juan Bedoy (1847) Vicios de toda la Administración pública influyentes en el mal estar de todos los españoles y de la carestía actual. Madrid: Imprenta de la ciudad de Burgos, p. 46-54.

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